viernes, 21 de octubre de 2011

El Deceso

La noche cae silenciosamente con la luna oscilante en medio del oscuro horizonte. Caen repentinamente soldados y esbirros bastardos del mal, haciendo que todo lo que hayas visto te parezca hilarante. No queda nada mas, solo este momento.
Conozco bien todo esto, lo he vivido antes. Es una linda e irónica rutina después de todo, la lluvia de vidrios, los gritos de hombres cabeza de familia, los ríos de sangre cayendo como pequeñas cataratas individuales. Al momento de morir puedes ver la verdadera esencia del ser humano, si alguien me viera, observaría exactamente lo mismo.
Como mis ojos se cierran, como todo se va al olvido, ojala pudiera maldecir o algo…pero no hoy no. Es un dejavu, es una tortura. Mis pulmones, mis amigos de muchos combates. Me fallan ¿Por qué? Hoy tenía que ser esa noche. Ya dentro de unos momentos no importara. Mientras tanto cada inhalación es más difícil que la anterior y satisfacer a mis necesidades de oxigeno se vuelven exageradas.
Es una sensación casi olvidada. El dolor, la agonía todo es un conjunto casi mágico que terminara con muerte. Mis amigos en el campo de batalla terminaron de la misma forma seguiré sufriendo, agonizando, diré mi última voluntad y nadie me escuchara…unos minutos más. Todo terminara.  Recordar lo que hizo iniciar este deceso de mi vida es lo mas agonizante que hubiera tenido que afrontar.

Todo empieza con ella, mi amada. Recordar sus cabellos rojizos hace que mi sangre parezca más agradable. Tenía esta pequeña manía de anotar todo en su agenda, hasta la más pequeña y absurda tarea iba a parar a su agenda; un lindo libro negro forrado en cuero que yo le regale para su ultimo cumpleaños.
Fui a su casa, una visita en medio de la semana. Era una sorpresa.
Ella vive en un cuarto piso, en un apartamento con pisos de madera. Subí las escaleras sin imaginar lo que había pasado.
Pasando por el tercer piso bajan dos hombres altos con gabanes negros y la señora que era la vecina que todos los jueves pedía una taza de azúcar para hacer una torta de fresas estaba llorando. Todo era fuera de lo común, lo admito empecé  a saltar esos escalones preocupándome.

Todo estaba vuelto un desastre. La puerta había sido forzada, las magnolias estaban regadas por el suelo junto a los pedazos del florero de cristal que las contenía ahora desecho. Vi todo esto y corri afanosamente a ver el interior, esperando de alguna u otra forma que todo este asunto no hubiera sido grave. Cruce el pequeño cordón policiaco amarillo. Un policía trato de detenerme, Dios me ampare que si le pegue con una fuerza animal. Corrí hasta su cuarto, todo era peor.
Su espejo estaba roto, los cajones estaban salidos por todas partes junto a su ropa que estaba totalmente desorganizada, manipulada; la alfombra junto al cuadro que ella pinto mas las sábana blanca estaban cubiertas por la misma sustancia. De una forma irregular estaban cubiertas de sangre, su sangre.
El policía al que había pegado, me agarro fuertemente por la espalda. No importaba estaba en shock. Lo último que tenía que ver o más bien que debía ver era la última imagen que inclusive sigue viva en mi mente.
Ella, mi amada se encontraba sentada plácidamente, acostada en su cama. Tenía una copa de vino servida en su mano izquierda, estaba muy maquillada, en exceso maquillada. Toda esta escena estaba armoniosamente equilibrada con el pequeño agujero, el pequeño agujero en su frente con la pequeña tirilla de sangre ya seca saliendo de ella. Era un tiro y eso la mato, la mato y dejo un nuevo decorado en la pared. No vomite, el shock me quito esa habilidad.

El policía me saco de ahí, demasiado tarde como para olvidar.